No, no me he olvidado de ti. Es solo que últimamente tengo demasiadas cosas en la cabeza. Y en los pies. Y en las manos. Y en el corazón. Especialmente desde que este nuevo país, antes desconocido para mí, en el que ahora me encuentro, me ha absorvido el cerebro y se ha colado poquito a poquito, sin casi darme cuenta, dentro de mi alma.
Es curioso que, desde que estoy aquí, el resto del mundo ha empezado a parecer diferente. No es más extraño, ni más bonito, ni más feo, ni más vacío, ni más lleno. Simplemente diferente. Y me gusta.
Prometo no dejar de escribirte. ¿Recuerdas las teorías y las filosofías de vida de las que solíamos hablar? Se están cumpliendo, una a una. Creo que debes volver a recordame algunas, puede que estén a punto de pasar también.
¿Que qué pasa si no suceden? Tranquilo, también estoy preparada para eso. No me asusta que llegue el día de la despedida y todo haya sido como hasta ahora. Me gustan las cosas tal y como están, no le des más vueltas.
Somos esa especie que corre en otra dirección cuando encuentra a alguien realmente interesante.
Ese tipo de seres que al acostarse en su cama no hacen más que pensar en su "alguien" especial.
Que sueñan. Fantasean.
Y huímos de todo eso, por miedo al dolor.
Una vez que admites que el dolor es algo inevitable, que va a pasar
quieras o no. Una vez que descubres que el amor va ligado al
sufrimiento. Que la extrañeza es pasión. Que la pasión es locura.
Cuando sueñas despierto y no logras dormir por las noches.
Entonces, todo lo que has corrido en esa otra dirección, no sirve de nada.
Tus piernas se olvidan de hacia dónde iban. Se paralizan y no te dejan moverte.
Y ahí es cuando escuchas a tu corazón. Latir.
Llegué a pensar que verte cada mañana era un regalo del
cielo y moriría si algún día desaparecías. Pero sí había algo mejor que
despertarme a tu lado, y era hacerlo con una sonrisa en la cara, con optimismo
y con ganas de comerme el mundo, aunque estuviera sola en mi cama. Después de
todas esas mañanas no hubo una sola en la que, cuando desaparecías para volver
semanas después, no tuviera miedo y me sintiera bien conmigo misma. Era mi
negación personal, delante de mis ojos, día a día, y no me daba cuenta.
Despertar no es solo una acción rutinaria. Despertar es
también crecer y darte cuenta de que no todo lo que quieres te conviene, porque
aunque intentes imponérselo a tu corazón, a tu cabeza y a todos los órganos de
tu cuerpo, tarde o temprano terminará haciéndote daño.
Así que una mañana desperté y dejaron de apetecerme más
momentos juntos, porque sabía que, cuando nos separáramos, la única perjudicada
sería yo. Desperté y empecé a verme a mí misma desde fuera y mi vida me pareció
un teatro de marionetas. Así que forcé la bajada del telón y empecé a idear la
nueva representación, aquella estaba desfasada y ya ni siquiera el público se
la creía.
Pasé muchos días en blanco, pues la idea de la anterior me
nublaba los sentidos, pero un día, la inspiración llegó sin avisar, colándose
por la ventana con la brisa del verano. Me contó que, a veces, basta con un
poco de amistad y unas cuantas sonrisas para dejar los malos guiones atrás. Si
la obra no funciona, quítala del cartel, no va a proporcionarte ningún
beneficio más, por mucho que hayas invertido en ella.
Por eso, ahora me encuentro en proceso creativo, me llevará
bastante, pero no tengo prisa. Cuando miro hacia adelante, lo único que puedo
ver es la cantidad de oportunidades que van a estar ahí, para mí. No pienso
desaprovechar ni una de ellas, no perderé ni un tren más. Lo único que necesito
es tiempo…y tengo todo el del mundo, solo para mí.
Las barras de carmín no afloran a las páginas de los libros. El amor de la carne mortal se desvanece en esa versión oficial de la historia que termina siendo la propia Historia, con una mayúscula severa, rigurosa, perfectamente equilibrada entre los ángulos rectos de todas sus esquinas, que apenas condesciende a contemplar los amores del espíritu. La Historia con mayúscula desprecia los amores del cuerpo, la carne débil que la distorsiona, la desencaja, la desordena con una saña que no está al alcance de los amores del espíritu, más prestigiosos, sí, pero también mucho más pálidos y, por eso, menos decisivos.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Elegía, Miguel Hernández.
10 de enero de 1936
Hoy se cumplen 70 años de la muerte de Miguel Hernández. Mañana, curiosamente, se cumplen once de la de una de las personas más importantes de mi vida. Podría ser mi particular homenaje, aunque no me haga falta, porque no hay día que no me acuerde de él. Su recuerdo siempre me hace sonreir, porque sé que, esté donde esté, estará orgulloso de mí...y yo de él.