Llegué a pensar que verte cada mañana era un regalo del
cielo y moriría si algún día desaparecías. Pero sí había algo mejor que
despertarme a tu lado, y era hacerlo con una sonrisa en la cara, con optimismo
y con ganas de comerme el mundo, aunque estuviera sola en mi cama. Después de
todas esas mañanas no hubo una sola en la que, cuando desaparecías para volver
semanas después, no tuviera miedo y me sintiera bien conmigo misma. Era mi
negación personal, delante de mis ojos, día a día, y no me daba cuenta.
Despertar no es solo una acción rutinaria. Despertar es
también crecer y darte cuenta de que no todo lo que quieres te conviene, porque
aunque intentes imponérselo a tu corazón, a tu cabeza y a todos los órganos de
tu cuerpo, tarde o temprano terminará haciéndote daño.
Así que una mañana desperté y dejaron de apetecerme más
momentos juntos, porque sabía que, cuando nos separáramos, la única perjudicada
sería yo. Desperté y empecé a verme a mí misma desde fuera y mi vida me pareció
un teatro de marionetas. Así que forcé la bajada del telón y empecé a idear la
nueva representación, aquella estaba desfasada y ya ni siquiera el público se
la creía.
Pasé muchos días en blanco, pues la idea de la anterior me
nublaba los sentidos, pero un día, la inspiración llegó sin avisar, colándose
por la ventana con la brisa del verano. Me contó que, a veces, basta con un
poco de amistad y unas cuantas sonrisas para dejar los malos guiones atrás. Si
la obra no funciona, quítala del cartel, no va a proporcionarte ningún
beneficio más, por mucho que hayas invertido en ella.
Por eso, ahora me encuentro en proceso creativo, me llevará
bastante, pero no tengo prisa. Cuando miro hacia adelante, lo único que puedo
ver es la cantidad de oportunidades que van a estar ahí, para mí. No pienso
desaprovechar ni una de ellas, no perderé ni un tren más. Lo único que necesito
es tiempo…y tengo todo el del mundo, solo para mí.
Las barras de carmín no afloran a las páginas de los libros. El amor de la carne mortal se desvanece en esa versión oficial de la historia que termina siendo la propia Historia, con una mayúscula severa, rigurosa, perfectamente equilibrada entre los ángulos rectos de todas sus esquinas, que apenas condesciende a contemplar los amores del espíritu. La Historia con mayúscula desprecia los amores del cuerpo, la carne débil que la distorsiona, la desencaja, la desordena con una saña que no está al alcance de los amores del espíritu, más prestigiosos, sí, pero también mucho más pálidos y, por eso, menos decisivos.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Elegía, Miguel Hernández.
10 de enero de 1936
Hoy se cumplen 70 años de la muerte de Miguel Hernández. Mañana, curiosamente, se cumplen once de la de una de las personas más importantes de mi vida. Podría ser mi particular homenaje, aunque no me haga falta, porque no hay día que no me acuerde de él. Su recuerdo siempre me hace sonreir, porque sé que, esté donde esté, estará orgulloso de mí...y yo de él.
Sin esperarlo, todo cambió en una milésima de segundo. Una explosión de energía, un cortocircuito y un mar de hormigas recorriendo su cuerpo de arriba a abajo. Todo estaba tan claro que no llegaba a comprender cómo no había sido consciente de ello antes. A veces lo esencial se esconde entre los recovecos del sofá y las banalidades del día a día y no es visible a los ojos, hay que ir más allá. Por eso, ese momento fue suyo y de nadie más. No importó el lugar ni el tiempo, podría haber esperado muchos años más para tener esa sensación. Aire en sus pulmones, sangre en sus venas y la energía suficiente para encender diez mil bombillas. ¿Algo más? El brillo en sus ojos no dejaba lugar a dudas: de ahí, al fin del mundo. Ni un ápice de miedo o de incertidumbre, lo que pasara en el camino lo afrontaría sin temor y con fuerza.
Agárrate fuerte. Esto solo acaba de empezar.
En algunas ocasiones, más de las que me gustaría reconocer, vienen a mi cabeza recuerdos de personas que, por un motivo o por otro, ya no tengo a mi lado. Muchas veces me sorprendo a mí misma imaginando cómo sería mi vida si todavía estuvieran aquí. ¿Seguirían siendo todo igual? Y, sobre todo… ¿sería yo más feliz? Porque, es cierto, algunas de ellas se fueron sin dejar rastro, salvo unos imperecederos recuerdos, pero otras, aunque desaparecieron, siguen estando de alguna forma a nuestro alcance, a golpe de teléfono.
Los recuerdos, que llegan a traición, nos hacen replantearnos la situación una vez pasado el tiempo y nos hacen dudar si hicimos bien, si no hubiese merecido la pena intentarlo una vez más, si aún estamos a tiempo de salvar lo que una vez fue. Y es en ese momento de duda, cuando nuestro amor propio nos salva.
Se nos olvida, durante un momento, que esas personas no están ahí por un motivo; y llegado el momento, todos nos cansamos: de apoyar y creer incondicionalmente, de aguantar lo indecible, de callar y esperar y de dar todo a cambio de nada.
Detrás de todas esas dudas, la realidad se va imponiendo: poco a poco, empezamos a sobrar en las vidas de quienes, durante algún tiempo, se nos antojaron imprescindibles y, mientras sin poder evitarlo, las recuerdas, ellas probablemente ya se olvidaron de todo lo vivido. Si bien es cierto que el tiempo pone cada cosa en su lugar, yo creo que quiénes las ponen, son las personas y sus actos porque, a fin de cuentas, cada uno está donde quiere estar…y el teléfono sigue sin sonar.